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¿Por qué se van?

¿Por qué se van?

Óscar Maqueda, director de Golf Digest, hace una reflexión ante las numerosas bajas que presenta el torneo olímpico

Según vemos aumentar la lista de jugadores que han declinado su “derecho” a participar en los Juegos Olímpicos de este verano, la pregunta que sale rápido es ¡¡¿por qué?!! Es una oportunidad con la que todos soñaríamos, aunque somos mayoría los que no tenemos ni la capacidad de sacrificio para adquirir esa posibilidad, y mucho menos el talento.

Los Juegos son la representación máxima de la capacidad física de la Humanidad, enfrentando a sus mejores ejemplares unos contra otros, con menor derrame de sangre que en el pasado, eso sí, pero con la misma antigua intención de alzar laureles. Y, entonces, ¿por qué la rechazan?

Las razones son una especie de compendio de verdades junto con ideas preconcebidas, falta de información suficiente y, en último caso, que adolecen de la necesidad o la urgencia que sí tienen en otros deportes. Pero ya llegaré a eso.

Dos de los grandes torneos del mundo del golf –el Open Championship en 1860, y el U.S. Open en 1895- ya se disputaban antes de que se iniciara la Era Moderna de los Juegos Olímpicos con la edición de Atenas de 1896. Con lo que “nuestras tradiciones” han sido generalmente otras. Y aunque el golf participó como deporte en la segunda edición de los Juegos en 1900, en París, y en la tercera en San Luis, Estados Unidos, en 1904, nunca estuvo realmente integrado. En la segunda, por ejemplo, la inmensa mayoría de jugadores eran estadounidenses (72) –eso de viajar por entonces se llevaba fatal-, pero la medalla de oro la consiguió uno de los dos canadienses que pasaban más o menos por allí –lo que por entonces suponía ser más un británico con autonomía, que un norteamericano independiente-. Y allí terminó el golf su corta historia en los Juegos. Para el golf, y para el canadiense, que intentó defender título en los siguientes Juegos en Londres, pero tuvo que volverse sin sacar un palo de la bolsa.

La incorporación final de la disciplina –que no definitiva, porque sin ser un deporte de exhibición, sí estará tutelado durante esta edición y la próxima de Tokyo en 2020, de la que dependerá su futuro- llevó muchos años de negociación.

Negociación entre los circuitos profesionales, distintas asociaciones de jugadores profesionales, la Federación Internacional de Golf, el COI y, obviamente, los posibles patrocinadores. Al final se optó porque fueran profesionales los que representaran a sus diferentes países -En otros deportes van representantes más próximos al amateurismo porque sus disciplinas no tienen el suficiente calado y estructura como para tener una representación profesional digna, pero no porque se mantenga el espíritu amateur inicial global de la competición-.

¿Y qué buscaba el golf?

Buscaba una línea de acercamiento a países en los que no tiene una gran notoriedad, pero quizá sí potencial. Países como Brasil, India o Rusia, entre otros… naciones con población suficiente como para hacer crecer el deporte. A esto, también volveré más tarde.

En cuanto a la sangría de bajas de jugadores célebres, aquellos en los que recaía parte de la responsabilidad de realzar el golf en los Juegos como escaparate mundial, las razones son muchas: la falta de seguridad –algunos han pedido diferentes medidas que salvaguarden su seguridad y las de su equipo-, la falta de sanidad –los índices de salubridad del agua potable no serían aceptable en Europa o Estados Unidos-, un calendario de juego exhaustivo que les obligará a viajar miles y miles de kilómetros en un mes escaso –no había muchas posibilidades de fechas en las que poder acomodar las diferentes exigencias de los diferentes circuitos, patrocinadores, televisiones, etc., y lo que hay, es el único consenso posible, aún a costa de apretar el calendario de mala manera- , quizá para algunos una política antidopaje a la que no están acostumbrados… y, por supuesto, el virus Zika.

El miedo es libre

Cuando se designó a Río por encima de Madrid, nadie hablaba del Zika. Lo único que había sobre el tapete era la posibilidad de realizar los Juegos en el Hemisferio Sur, en un país que bullía económicamente, que podía convertirse en uno de los motores de desarrollo mundial. Duró poco la euforia. Política y económicamente, Brasil entró en crisis. Y todas las alabanzas se tornaron dudas. Pero la decisión ya estaba hecha.

Ante la proliferación de casos de Zika –o los mismos casos que antes de la designación, pero ahora con mayor información y propaganda de estos- la preocupación aumentaba. Ahora bien, si nos centramos en las bajas que se han producido, salvo la de un ciclista masculino del equipo estadounidense, el resto han sido varones golfistas. Ninguna mujer ha dicho que no todavía, ni golfista profesional, ni atleta de ninguna otra disciplina. ¿Y siendo un virus que afecta a los fetos aunque puedan transmitirse vía sexual a través del semen, no deberían tener ellas al menos la misma preocupación en su salud y en la de su futuro y haber habido un parecido número de bajas entre sus filas?

Al parecer, no. Y no creo que sea por desinformación, inconsciencia o irresponsabilidad.

La decisión de no participar por el miedo al Zika es entendible. Nadie podría criticar la decisión personal de ningún jugador por anteponer su bienestar físico y el de los suyos sobre el espíritu olímpico o la proliferación del golf en el mundo.

Pero seguramente, el Zika sólo sirve como amalgama de la anterior lista de posibles. No voy porque no me fío de Rio, y todo lo que hay alrededor: viajes, dopaje, inseguridad… aunque con el Zika me es más que suficiente. Me quedo con eso.

Pero a diferencia de otros deportistas, los golfistas pueden tomar esa decisión con mayor libertad que otros. Sin emonumentos en disputa en los Juegos, y con una capacidad de ingresos casi incomparable al del resto de participantes, poder decir que no van es mucho más fácil. Otros deportistas, incluso profesionales en sus disciplinas, necesitan de los Juegos, y de su actuación en ellos, para mantener, aumentar y, en la mayoría de los casos, comenzar a recibir ingresos por el sacrificio cuatrienal que realizan.

No me atrevería a repetir la frase de Bill Clinton: “Es la economía, estúpido”, pero casi.

En definitiva, los golfistas lo tienen fácil para decir que no.

Sin embargo, la participación, exposición y éxito del golf en los Juegos no depende de unos pocos nombres. El resto de participantes, sean los que sean finalmente, tienen sobrado “linaje” golfístico como para presentar una competición a la altura del mejor torneo. Y de esa actuación, puede que el golf crezca en alguno de los países que no lo tiene ahora entre sus sueños. Además, la participación del golf en los Juegos no significará tampoco una transformación inmediata en ninguna parte del mundo. Para que el golf se desarrolle se necesita una clase media estable con un mínimo de ingresos y tiempo suficiente para gastarlos, y con la crisis mundial, es seguramente la clase social que más ha mermado en muchos de los países desarrollados o en vías de hacerlo. Que algunos de los modelos en los que reflejarse no estén, no ayuda, pero tampoco son imprescindibles.

Es más la imagen que ofrecen en su conjunto, que la participación o no de unas pocas de sus estrellas.

El tiempo dirá.

Fuente: Golf Digest España

 
 

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